Ella lo empujĂł contra la pared con una sonrisa peligrosa y le dijo algo tan sucio que hasta el diccionario se sonrojĂł.
Sus manos iban y venĂan sin pedir permiso, como si supieran exactamente dĂłnde molestar más, mientras Ă©l pensaba que habĂa tenido dĂas malos… pero ninguno tan prometedor.
Entre risas ahogadas y miradas indecentes, quedĂł claro que aquello no era amor: era puro desorden con ganas de repetirse.